El padre: figura de poder, abandono y redención. Una crítica desde la herida.
No me cabe en la cabeza como se puede amar a la misma persona que genera tanto agradecimiento y desprecio. Es paradójico que en el mismo corazón coexistan emociones opuestas en las relaciones familiares. Por eso es complejo hablar de paternidad porque además de la encrucijada emocional, existe un laberinto de masculinidad, machismo, psicología y más.
En occidente el padre es asociado con el sentido y el deber. Representa la ley, la estructura y la misión. Su figura fue elevada como símbolo divino en contextos patriarcales, lo que se reflejó en toda la cultura: religión, arte y lenguaje. Sin embargo, no es una ley natural sino una estructura simbólica que ha dominado durante siglos.
Pareciera una broma cruel que la misma persona responsable de tus mayores inseguridades lo sea también de buena parte de tu éxito. Freud lo explica a través del complejo de Edipo, señala que el hijo ama al padre mientras lo compite y teme. De acuerdo con él, el hijo debe enfrentar a su padre (simbólicamente) para formar su identidad.
En la sociedad patriarcal, el padre ha sido la figura central: la estructura vertical de poder. Es el jefe de familia, da nombre y es el pilar de los sistemas de linaje (imperios, monarquías y religiones). Y si el padre es la figura de poder, es normal que a su alrededor orbite la lucha, la corrupción y la dominancia.
Estas representaciones culturales no son menos reales por ser simbólicas. Si vivimos bajo esas ideas y creencias (lo sepamos o no), nos forjan y condicionan. Cada historia, mito y leyenda trae este conflicto una y otra vez sin importar la época.
Por eso existen tantas representaciones: Saturno devorando a sus hijos para no ser destronado. Iván El Terrible asesinando a su heredero y destruyendo su descendencia. Tywin Lannister sometiendo y manipulando a sus hijos en nombre del linaje.
Si el padre representa el poder, sentido y deber en nuestra cultura es obvio que los hijos necesitan más a los padres que los padres a los hijos. Para los hijos los padres son la única salvación y ante su ausencia, ¿cómo es que no se preguntarían: “¿Por qué me has abandonado?”?
Puede ser peor, el padre sometiendo al hijo y condicionando su amor. Como Vader revelando a Luke que es su padre. Una sorpresa psicológicamente terrorífica. El Sith que lo mutiló, el señor oscuro que representa todo lo que Luke detesta… lo acorrala contra el abismo mientras le ofrece su ayuda.
Darth Vader había sido un caballero Jedi, general de la república a la que traicionó para instaurar el imperio. Luke, en cambio, es parte de la alianza rebelde que lucha contra este. Su conflicto padre-hijo también es una guerra entre posturas políticas irreconciliables.
He hablado del padre de forma simbólica, pero también es importante contextualizar en nuestra realidad, donde tiene otros matices. Muchos nunca se cuestionan cómo ser un buen padre y solo replican el modelo del “macho”, es importante mencionarlo porque así se perpetúa.
En México, ¿Qué se podía esperar de la sociedad post-revolucionaria? Una generación de campesinos donde ser macho era la virtud: reprimir emociones, beber, aguantar el dolor, ser agresivo y promiscuo. Un mundo en el que la violencia y falta de empatía eran la regla.
El poder no es sinónimo de amor, protección o seguridad. Cuando el valor supremo es el poder no hay lugar para la empatía, solo autoridad y sometimiento. De ahí la necesidad de “verse fuerte” reprimiendo emociones y toda consideración con el prójimo.
Y así surgen padres arquetípicos como Tywin Lannister, quien no ama a sus hijos, solo los usa y manipula. O Walter White que pone su ego por encima de su familia. Estas figuras persisten: padres ausentes, líderes carismáticos, empresarios que predican disciplina sin mostrar ternura o empatía.
Actualmente esa “virtud” se pervierte nuevamente. Hay quienes sueñan con ser un “alfa” (teoría ampliamente refutada). Una mentira que no responde a un orden social natural, sino a posiciones jerárquicas de poder en estructuras de dominación. Quien piensa así, no quiere ser un “alfa”, quiere ser un tirano.
¿Con todo lo que he mencionado cómo es que este tema no es político? ¿Cómo es que no representa una lucha de poder? Es duro, injusto, cruel… a pesar de todo estamos aquí gracias a ellos.
¿Qué hacemos con todo esto? ¿Cómo perdonas el abandono? ¿De qué sirve perdonar, si al padre le es indiferente? Él no se equivocó, hizo lo que le enseñaron, lo que debía. ¿Para qué dar un perdón no solicitado ni valorado? ¿Por qué arreglar algo que “no está roto”?
Para cerrar hay que hablar de esta injusticia… y de qué hacer con ella. Todos conocemos la historia de Jesús muriendo por los pecados de la humanidad, sin embargo, teólogos y filósofos modernos —como Paul Tillich o René Girard— proponen una interpretación distinta: el hijo redimiendo al padre.
Para esto, tenemos que comprender que Dios/Padre representa la Ley: el logos, la estructura, el deber (como menciono al inicio); mientras que Jesús representa la gracia, el sacrificio voluntario y la empatía.
Dios al ser la ley, impone mandamientos y establece las normas del Logos. Es la figura del “Padre” en sentido simbólico: firme, exigente, juez. Es la razón divina y el orden del universo. Jesús representa el perdón, el amor, es quien evidencia el resultado de llevar el logos a las últimas consecuencias.
Para no revolvernos tanto:
Dios = Ley-Castigo // Jesús = Gracia-Perdón
La filosofía de Jesús se denomina Ágape (amor desinteresado al prójimo), en el contexto de la época la ley era estricta y punitivista. Jesús llega a romper con eso, a cumplir la ley de Dios no a través del castigo sino del amor. Por eso se le criticaba tanto en su actuar y al relacionarse con marginados y pecadores.
Se enfrentan aquí posturas políticas, filosóficas y religiosas. El perdón y el castigo. Jesús con su actuar confronta al Padre (la ley) y lo lleva hasta las últimas consecuencias: aceptando un castigo que no le corresponde.
De manera simbólica muestra que el sistema de castigo es injusto porque condena hasta el inocente. Deja en evidencia que la Ley (Dios como Juez) puede ser ciega y cruel si no se transforma por el amor y la compasión.
Jesús es el hijo obedeciendo al padre cuando no quiere, cuando sabe que es injusto o que deliberadamente está mal. De esta manera no solo salva al hombre del pecado, sino que redime la imagen del Padre. Con todo ese sufrimiento, él es el filtro que hace que pase de Padre-Juez a Padre Misericordioso.
Quizá no entendemos lo que es un padre y Jesús sí lo entendió. Nos muestra que hay una forma mejor de relacionarnos con el poder y la justicia: no desde el miedo, sino desde el amor. Nos muestra que podemos tomar todo lo malo y no repetirlo: hacer el bien.
Tal vez esa es la única forma en que el padre y su imagen pueden cambiar: Solo un hijo fuerte puede recibir esa crueldad y transformarla en bondad. No digo que haya que tolerar la injusticia solo porque sí, sino aceptarla y rescatar lo importante, la virtud del padre. Quizá es la única salvación para ambos.
No debería ser así, pero si un hijo no va a ser salvado, no hay salvación si no la tomamos. Es una tragedia, y una carga desproporcionada porque la víctima debe salvar al victimario. Sé que no todos los padres son así, pero en un contexto como este tristemente es la norma. Si no fuera así, desear un Feliz Día del Padre sería mucho más fácil.
Es la única manera en la que me lo puedo explicar, pues escribo esto con las cicatrices que me dieron y las que me evitaron. Con el rencor que no me deja ir y el amor que no me deja odiar. Quizá perdonarlos no sea un regalo para ellos, sino nuestra forma de ser libres.
Como dice Derrida: solo se perdona lo imperdonable, pues en otro caso no habría nada que perdonar. Y en ese acto imposible —tan injusto como necesario— está la paradoja final: redimir al padre que no nos redimió, no para honrarlo, sino para dejar de ser sus prisioneros. Porque incluso los peores padres nos dejaron algo invaluable: el mapa de todo lo que debemos evitar repetir.
Feliz día a aquellos que no se les enseñó a ser padre, en especial a los malos padres.
Con mucho corazón y respeto,



